Chile necesita recuperar su capacidad minera de largo plazo

Sep 2, 2026 | Columna Editorial

Por Jorge Hidalgo, editor general del portal ELECTROMINERÍA.

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Hay momentos en que una cifra deja de ser solamente una cifra y comienza a convertirse en una señal; la producción de cobre de Chile durante los primeros siete meses de 2026 es uno de ellos.

De acuerdo con cifras del Instituto Nacional de Estadísticas (INE), el país produjo aproximadamente 2,9 millones de toneladas métricas de cobre entre enero y julio, volumen que representa una disminución de 7,1% respecto de igual período de 2025 y que constituye el nivel más bajo para este tramo del año desde 2003. Solo en julio se produjeron 403.424 toneladas, un 9,4% menos que en el mismo mes del año anterior.

Pero quizás lo más importante no está en la cifra de julio ni siquiera en la caída acumulada; está en preguntarnos qué está ocurriendo con la capacidad de Chile para producir cobre de manera sostenida durante las próximas décadas.

Porque una cosa es enfrentar un período de menor producción y otra, bastante más compleja, es que el país vaya perdiendo capacidad relativa para responder a una demanda mundial que está incorporando nuevas fuentes de consumo. Chile sigue siendo el principal productor mundial de cobre y cuenta con algunos de los recursos mineros más importantes del planeta; sin embargo, esa posición no está garantizada.

Señal

La participación de Chile en la producción mundial de cobre ha venido disminuyendo; pasó de 24,6% en 2022 a 22,9% en 2025, mientras que durante enero-mayo de 2026 llegó a 21,6%, de acuerdo con las estadísticas de Cochilco. La señal merece atención porque demuestra que el desafío no consiste solamente en recuperar las toneladas que el país ha dejado de producir, sino también en evitar que continúe perdiendo participación en un mercado donde otros países están aumentando su producción.

La caída de 2026 tiene componentes coyunturales, entre ellos mantenciones, contingencias operacionales y efectos climáticos que han afectado a determinadas operaciones; pero estos factores se producen sobre una realidad estructural más compleja, marcada por la madurez de buena parte de los grandes yacimientos que durante décadas sostuvieron el liderazgo nacional.

Menores leyes, mayores profundidades, desafíos operacionales crecientes y necesidades cada vez más importantes de inversión forman parte de esta realidad; Codelco es probablemente el caso más visible, pero el fenómeno trasciende a la empresa estatal y obliga a mirar el futuro de la industria en su conjunto.

El problema, entonces, no puede analizarse únicamente desde la perspectiva de cuánto produjo Chile este año; debemos preguntarnos cuánto será capaz de producir en diez, veinte o treinta años y qué estamos haciendo hoy para asegurar esa capacidad.

La paradoja es evidente; mientras la producción enfrenta dificultades, el cobre atraviesa uno de los momentos de mayor relevancia estratégica de las últimas décadas. La electrificación, las energías renovables, la expansión de las redes eléctricas, la electromovilidad, los centros de datos y el desarrollo de la inteligencia artificial están configurando nuevas fuentes de demanda por cobre.

El mercado, además, está entregando una señal particularmente favorable; Cochilco elevó a US$5,95 por libra su proyección para el precio promedio del cobre durante 2026. Chile enfrenta así una oportunidad extraordinaria, pero aprovecharla no consiste simplemente en beneficiarse de un precio alto; la verdadera oportunidad está en contar con la capacidad para producir el cobre que el mundo va a necesitar.

Cochilco proyecta para 2026 una producción nacional de 5,27 millones de toneladas, una disminución de 2,6% respecto de 2025; para 2027 anticipa una recuperación de 5,2%, hasta 5,55 millones de toneladas, lo que muestra que existe espacio para recuperar producción en el corto plazo.

Pero esa recuperación no debería llevarnos a la complacencia; recuperar producción en el corto plazo es necesario, recuperar capacidad minera de largo plazo es mucho más importante.

Chile no parte de cero; Cochilco estima una cartera de inversión minera para el período 2025-2034 de US$104.549 millones, con el cobre concentrando una parte relevante de estos recursos. El desafío, por lo tanto, no es simplemente afirmar que Chile no invierte o que no existen proyectos, sino lograr que esa cartera se transforme oportunamente en nueva capacidad productiva.

Proyectos como Nueva Centinela, Los Pelambres, Spence, Zaldívar, Los Bronces Integrado y distintas iniciativas estructurales de Codelco deberían contribuir a sostener la producción durante los próximos años; sin embargo, entre la existencia de un recurso y la producción efectiva existe un largo camino que incluye exploración, evaluación, permisos, construcción y puesta en marcha.

Cada año adicional que demora ese proceso es un año en que Chile posterga la incorporación de nueva capacidad; por eso, recuperar el dinamismo de la inversión minera debe ser una prioridad estratégica, siempre bajo el cumplimiento de las exigencias ambientales y con una adecuada consideración de los territorios y comunidades.

También debemos mantener una mirada estratégica sobre la exploración; en este ámbito existe una señal positiva: el presupuesto de exploración minera en Chile alcanzó US$874,7 millones en 2025, su nivel más alto desde 2013, mientras que US$669,6 millones correspondieron a exploración de cobre.

El desafío ahora es sostener ese esfuerzo y conseguir que los recursos identificados puedan transformarse en proyectos técnica, económica, ambiental y socialmente viables; una decisión de exploración tomada hoy puede traducirse en una operación minera dentro de una o dos décadas, por lo que la capacidad minera de largo plazo se construye mucho antes de que aparezca la primera tonelada.

Fortalecer esa capacidad también implica invertir en los yacimientos existentes, incorporar nuevas tecnologías, mejorar la productividad, asegurar agua y energía, fortalecer la infraestructura y desarrollar proveedores especializados; al mismo tiempo, será cada vez más importante construir relaciones de largo plazo con las comunidades y territorios donde se desarrolla la actividad.

La minería que viene será probablemente más compleja y exigente que la del pasado; requerirá más tecnología, más capital, mayor eficiencia y una relación más sofisticada con el territorio. No se trata de elegir entre desarrollo minero y protección ambiental, sino de generar las condiciones para que los proyectos que cumplan con las exigencias ambientales puedan desarrollarse oportunamente y con legitimidad territorial.

Chile tiene experiencia, conocimiento, proveedores, infraestructura y capital humano para hacerlo; también cuenta con una cartera relevante de proyectos y un enorme potencial geológico, pero ninguna de estas ventajas garantiza por sí sola que el país mantendrá su liderazgo.

Por eso, el debate sobre el cobre no debería limitarse a preguntarnos cuánto produjo Chile en julio, cuánto producirá en 2026 o cuál será el precio promedio del metal. La pregunta realmente relevante es otra:

¿Estamos construyendo hoy la minería que Chile necesitará en 20 o 30 años?

La respuesta determinará mucho más que el futuro de la principal industria del país; determinará nuestra capacidad para aprovechar una de las grandes oportunidades económicas y estratégicas que ofrece la transición energética y tecnológica global.

Chile todavía tiene ventajas extraordinarias: recursos, conocimiento, proveedores, infraestructura, experiencia y una posición privilegiada en el mercado mundial. Pero las ventajas no son eternas; mantenerlas exige decisiones de largo plazo y capacidad para ejecutarlas.

El desafío ya no es solamente recuperar las toneladas que estamos dejando de producir; es recuperar y fortalecer la capacidad minera de largo plazo que permitió a Chile convertirse en líder mundial del cobre. Porque recuperar toneladas es una tarea productiva, pero recuperar capacidad minera es una tarea de país.

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