Horas punta y puentes mecano
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A las seis de la tarde, cientos de comercios, industrias y faenas a lo largo de Chile, dejan de producir y otros prenden generadores propios. No por corte de luz o falta de red, lo hacen porque a esa hora consumir electricidad sale más caro que el petróleo y el arriendo de un generador. El cobro que existe justamente para que el sistema no se sobredimensiona está financiando paralelamente un parque de generación más chico, más caro y más sucio.
La invitación de la Ministra de Energía a estudiar las horas punta viene en un buen momento para un país que mira cómo mejorar su productividad. Sin ánimo de entrar en el debate del precio de la potencia y su reparto, un problema que vale la pena mirar es la forma en que el pago de potencia se le asigna al usuario final.
Tratando de simplificar, hagamos la analogía de un puente con peaje. El sistema eléctrico, al igual que este puente, tiene horas de punta donde el costo de consumir es mayor, es decir, de cruzar el puente: entre las 18 y las 22 horas, de lunes a viernes, de abril a septiembre. El objetivo es desincentivar el cruce en las horas en que el puente soporta más carga, para no tener que sobredimensionar y pagarlo el resto del año. Análogamente, el sistema eléctrico evita sobredimensionar su capacidad, cables y generadores. Hasta ahí todo bien.
El problema se produce porque hoy cruzar ese puente en horario punta cuesta absurdamente tanto que es más barato que cada uno construya su propio puente mecano al lado y pasar por ahí. Más angosto, más lento, más sucio. Eso es exactamente lo que hacen hoy cientos, quizás miles, de empresas chilenas, generando con diésel en sus propios talleres, industrias o faenas, para evitar consumir energía desde la red.
Y cuando llegan las seis de la tarde, el puente con peaje se ve más vacío. Varios se estacionan a esperar y otros cruzan por su propio puente provisorio. La autoridad mira el puente y concluye que el peaje está funcionando pero sin fijarse en la cantidad de autos estacionados esperando cruzar y múltiples puentes mecanos provisorios en paralelo.
Llevándolo a números: el precio de potencia se calcula considerando el costo de una turbina de 70 MW, la unidad de punta teórica del sistema. El precio de potencia cuesta unos US$ 8,4 al mes o $100 por kW al año. Para determinar el pago de un cliente industrial se considera, por alguna razón desconocida, el promedio de sus 52 mayores consumos horarios en el período de control de punta (que tuvo 524 horas en 2025). Un kWh consumido en una de las horas equivocadas cuesta, por lo tanto, cerca de US$ 1.900 por MWh, cinco o más veces lo que cuesta una hora de generador andando.
Si se dividiera por las horas de control, su costo sería mucho más razonablemente cerca de lo que cuesta un generador local. Eso sin considerar los costos de potencia en distribución que pueden llegar a ser aún más significativos ya que se calcula el promedio cada 15 minutos. La forma en que se cobra no debiese empujar al cliente a instalar un generador más chico, más caro por unidad y más contaminante, detrás del medidor.
Por otro lado, las horas de mayor demanda del sistema ya no ocurren en el período en que se controla. Cambió la tecnología, los precios y las horas de mayor demanda siguen al sol. Los datos del cálculo de suficiencia del Coordinador para 2025 muestran que, de las 52 horas de mayor generación neta del sistema, ocurrieron entre diciembre y febrero, todas entre las 13 y las 18 horas. Ninguna cayó dentro del período de control de punta.
Mientras tanto, la política hace lo que la política hace. Recortar uno o dos meses de período de control no tiene costo visible, alivia de inmediato la posibilidad de que algún agricultor o comercio equivoque su consumo y termine pagando caro. Nadie levanta la bandera del riesgo sistémico porque el margen sobra, todos aplauden. En el extremo podríamos llegar a que el período de control de punta dure solo uno o dos meses, y los desprevenidos que consumen a esas horas terminan pagándole el costo de la suficiencia a todo el sistema.
La objeción evidente es que el atochamiento volvería a las horas punta si se quitara el peaje. Para eso hay dos respuestas: la primera es empírica: el sistema ya absorbió un máximo 5,2% mayor sin problemas. La segunda, y más importante, es económica: que cueste lo que cuesta. Nadie propone eliminar la señal, sino ponerla en un nivel de precio eficiente. Si una industria produce eficientemente a costos mayores en horarios de punta debería consumir a esa hora y se produce beneficio social.
De ahí salen las dos preguntas que el nuevo informe técnico debería responder: La primera es ¿seguimos midiendo consumo máximo cuando lo que importa es el riesgo de pérdida de carga?. Por otro lado, una solución más simple y rápida parece ser responder ¿por qué usamos 52 máximas? ¿Por qué no las horas que efectivamente controlamos? ¿Por qué no se usa un parámetro relacionado a una señal de costo sistémico en esa hora?
El sistema parece haber sido bien diseñado para cobrar, recaudar y repartir sus costos desde “topdown”, perdiendo de vista las señales que quedan desde los clientes finales o “bottom-up”. Este es uno de esos cobros que la mayoría reconocerá que está mal diseñado pero nadie ha querido ponerle el cascabel al gato.
Finalmente y en un contexto que se busca incentivar la electrificación y la mayor demanda eléctrica, ¿cuántas empresas operarían en hora punta si costara lo que debe? Eso podría llevar a más producción con el mismo capital instalado, más empleo, más demanda repartiendo los costos fijos del sistema entre más kilowatt-hora, cuentas más bajas para la industria, junto con el beneficio social que eso implicaría.












