La revolución BESS redefine el sistema eléctrico chileno

May 14, 2026 | Columna Editorial

Por Jorge Hidalgo Padilla, editor general del Portal ELECTROMINERÍA.

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Chile está entrando en una nueva etapa de su transición energética. Lo que hace apenas algunos años parecía un desafío técnico complejo -integrar masivamente energías renovables variables al sistema- comienza a encontrar una solución concreta en el almacenamiento con baterías (BESS). Y las señales ya son visibles en la operación real del sistema eléctrico.

Los datos recientes compartidos por Galilei Energy Intelligence muestran un cambio profundo: en solo dos años: el sistema eléctrico chileno logró reducir cerca de un 30% el consumo de gas natural durante horas peak y relegar el uso de diésel desde una práctica relativamente frecuente a una condición cada vez más excepcional. No se trata de una proyección teórica, sino de una transformación operacional en curso.

El despliegue de aproximadamente 10 GW de almacenamiento BESS -equivalentes a más de 44 GWh de energía almacenada entre proyectos en operación, pruebas y construcción- marca un punto de inflexión para la matriz energética nacional. Chile está pasando desde un modelo, donde la flexibilidad dependía principalmente de centrales térmicas, hacia uno donde las baterías comienan a asumir funciones críticas de respaldo, arbitraje horario, control de rampas y estabilidad operacional.

La lectura estratégica es clara: el almacenamiento dejó de ser un complemento tecnológico y comienza a consolidarse como infraestructura crítica para la seguridad energética del país.

El fenómeno tiene múltiples implicancias. En primer lugar, mejora significativamente la capacidad del sistema para aprovechar excedentes solares que antes eran vertidos o subutilizados. La energía generada al mediodía ahora puede desplazarse hacia las horas de mayor demanda vespertina, reduciendo costos marginales y dependencia de combustibles importados.

En segundo término, el avance BESS fortalece la competitividad energética de sectores intensivos en consumo eléctrico, particularmente la minería. La posibilidad de acceder a energía renovable más estable y flexible abre nuevas oportunidades para electrificación de procesos, desalación, producción de hidrógeno verde y contratos de suministro de largo plazo con menores niveles de exposición a volatilidad fósil.

Sin embargo, el escenario también plantea desafíos relevantes que el país deberá abordar con rapidez.

El primero es la transmisión. El crecimiento acelerado de almacenamiento y generación renovable podría profundizar problemas de congestión y vertimiento si la expansión de redes no avanza al mismo ritmo. El norte del país ya muestra señales estructurales de saturación, y el riesgo de precios cero o negativos podría aumentar en ciertas horas del día.

El segundo desafío es sistémico. A medida que disminuye la participación térmica tradicional, el sistema pierde inercia natural y fortalece su dependencia de electrónica de potencia. Esto obliga a evolucionar hacia tecnologías de mayor sofisticación, como sistemas BESS grid-forming, servicios complementarios avanzados y nuevos esquemas regulatorios para estabilidad y control dinámico de red.

Pero existe además una dimensión menos discutida y probablemente igual de estratégica: la territorial.

La expansión energética de esta década requerirá no solo inversiones y tecnología, sino también gobernanza territorial, legitimidad social y capacidad de anticipar conflictos. Nuevas líneas de transmisión, polos de almacenamiento y grandes desarrollos renovables seguirán tensionando territorios donde convergen comunidades, biodiversidad, actividades productivas y expectativas de desarrollo local. La transición energética no podrá consolidarse únicamente desde la ingeniería; necesitará también inteligencia territorial y gestión social avanzada.

Chile tiene hoy la oportunidad de convertirse en uno de los sistemas eléctricos más avanzados del mundo en integración renovable y almacenamiento. Pero el éxito de esta nueva etapa dependerá de la capacidad de equilibrar innovación tecnológica, planificación de infraestructura, estabilidad regulatoria y licencia social.

La revolución BESS ya comenzó. La pregunta ahora no es si transformará el sistema eléctrico chileno, sino cuán preparados estamos para administrar sus efectos económicos, operacionales y territoriales en la próxima década.

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