Descarbonizar con responsabilidad, no con dogmas
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Chile enfrenta hoy una paradoja que debiera invitarnos a la reflexión. Mientras el país avanza decididamente hacia una matriz energética más limpia,( el 60% de nuestra generación eléctrica proviene de fuentes renovables) y es un ejemplo para el resto del mundo, la persistente sequía amenaza con obligar a la autoridad a decretar medidas de racionamiento eléctrico debido a la menor disponibilidad de generación hidroeléctrica.
No deja de ser una ironía que uno de los efectos más visibles del cambio climático —la escasez hídrica— termine poniendo en riesgo una de nuestras principales fuentes de energía renovable. La hidroelectricidad aporta alrededor del 20% de la generación eléctrica nacional y constituye un pilar fundamental para un sistema bajo en emisione. Sin agua, simplemente no puede cumplir ese rol.
Frente a este escenario, el país dispone de pocas alternativas capaces de responder con la rapidez y confiabilidad que exige la seguridad del suministro. Una de ellas es la generación a gas natural, que es la mejor alternativa dentro de los combustibles fósiles desde el punto de vista de la descarbonización, y que actualmente representa cerca del 13% de la matriz eléctrica. Para algunos, recurrir a esta fuente podría interpretarse como un retroceso en la agenda climática. Sin embargo, esa lectura desconoce una realidad fundamental: la transición energética no consiste en reemplazar una tecnología por otra
de un día para otro, sino en garantizar que el proceso sea técnica, económica y socialmente sostenible.
La descarbonización sigue siendo un objetivo irrenunciable para Chile y así ha quedado reflejado en la Ley Marco de Cambio Climático que nos obliga a ser carbono neutrales al 2050. Es una política correcta desde el punto de vista ambiental, económico y estratégico. Pero avanzar hacia ella exige reconocer que existen períodos de transición en los que ciertas tecnologías de respaldo son indispensables para asegurar el funcionamiento del sistema eléctrico y evitar consecuencias mucho más graves para las personas, la industria y los servicios esenciales.
Las energías renovables variables continúan expandiéndose con fuerza, al igual que el almacenamiento mediante baterías y el desarrollo de nuevas tecnologías. Sin embargo, mientras estas soluciones alcanzan la escala suficiente para entregar respaldo continuo, el gas natural seguirá desempeñando un papel relevante como combustible de transición.
La discusión no debería centrarse en si el gas es perfecto. No lo es. La pregunta correcta es si, dadas las circunstancias actuales, el país puede prescindir de él sin poner en riesgo el suministro eléctrico. La respuesta, al menos por ahora, parece evidente.
Las políticas públicas responsables no se construyen desde el voluntarismo ni desde posiciones ideológicas inflexibles. Se construyen equilibrando objetivos ambientales con seguridad energética, competitividad económica y bienestar social. Renunciar temporalmente a una fuente de respaldo sin contar con una alternativa equivalente no acelera la transición; simplemente aumenta la vulnerabilidad del sistema.
Chile debe mantener firme su compromiso con la carbono neutralidad, pero también debe evitar caer en falsas dicotomías. No se trata de elegir entre descarbonización o seguridad energética. El verdadero desafío es avanzar en ambas al mismo tiempo.
La crisis hídrica nos recuerda que el cambio climático no solo exige reducir emisiones; también obliga a adaptar nuestras decisiones a una realidad cada vez más compleja e incierta. En ese contexto, actuar con responsabilidad significa entender que una transición energética exitosa no es la más rápida a cualquier costo, sino aquella que logra descarbonizar sin comprometer la continuidad del suministro que sostiene la vida cotidiana y el desarrollo del país.
La pregunta que surge entonces es; ¿puede hoy nuestra matriz eléctrica ser 100% renovable?
La prudencia no es una renuncia a la ambición climática. Es precisamente la condición que permitirá alcanzarla.











